Así es como está el mundo actualmente ante el COVID-19

Todo comenzó en diciembre, en la ciudad china de Wuhan. Los hospitales empezaron a recibir a decenas de personas con neumonía y, tras practicarle los exámenes pertinentes, descubrían que no estaban infectados con ninguno de los virus conocidos. El gobierno chino trató de mantener la información en reserva. Los pocos médicos que intentaron encender una señal de alarma, fueron sancionados por el régimen. Pero los casos fueron en aumento.

El 31 de diciembre, China avisó finalmente a la Organización Mundial de la Salud sobre un nuevo y desconocido virus. Al día siguiente, las autoridades clausuraron el mercado de Wuhan donde se vendían animales vivos: Las sospecha es que una sopa de murciélago fue el origen del nuevo virus.

El 7 de enero las autoridades chinas dicen haber identificado al nuevo coronavirus: pasarían unas semanas hasta que recibiera su nombre oficial Covid-19. El 11 de enero, el gobierno chino informa del primer fallecimiento, un hombre de 65 años afectado por el nuevo coronavirus. Fue el comienzo de una catarata de enfermos y muertos que se desaparramó primero pro China y luego se transformó en una pandemia global.

La Unión Europea, con una reacción tardía y descordinada

Desde su torre de marfil, la UE ha tardado más que China o Corea del Sur en apagar la luz frente a la amenaza del coronavirus. Un retraso fruto de gobiernos indecisos, de la endeble unidad política y de un garantismo legal que le ha impedido avanzar de forma coordinada en el blindaje, perdiendo un tiempo precioso en el combate, según expertos médicos.

La semana pasada, casi un mes después de que el brote sumiera en la oscuridad a Italia, la Comisión Europea aprobó una directiva que suspende el Tratado Schengen, quizá su mayor éxito. La directiva prohíbe, durante treinta días, la entrada en el espacio común europeo a los ciudadanos extracomunitarios, e impone estrictos controles a las personas que, de manera excepcional, puedan cruzar la frontera durante ese período. Supone el fin temporal de cualquier viaje no imprescindible sea por tierra, mar o aire a la Unión Europea. Un nuevo “telón de acero”, similar al que dividió el continente tras la Segunda Guerra Mundial, de unas consecuencias económicas y sociales imprevisibles.

Los países más grandes del bloque han empezado a sacar la artillería financiera para frenar el impacto que la pandemia: Alemania ha movilizado medio billón de euros (el 15% de su PIB); Francia, 300.000 millones (el 12% del PIB) y España, 200.000 millones (el 20%).

Entre otras partidas, el Gobierno español, uno de los países más afectados, ha puesto sobre la mesa 18.000 millones de euros de las cuentas públicas para reforzar la sanidad, retrasar impuestos a empresas y proteger a los trabajadores y familias vulnerables, y en torno a 80.000 millones en coberturas de riesgo, moratorias de hipotecas y facturas que pondrá el sector privado. Las medidas, en consonancia con otras tomadas por la UE, suponen un alivio para el bolsillo de los ciudadanos pero hay expertos que aseguran que se quedan cortas a la hora de afrontar los costes sociales y mentales del encierro.

Los europeos trabajan o estudian desde sus casas y apenas salen a la calle, en una sociedad acostumbrada al contacto y al ocio compartido (especialmente en los países mediterráneos), que ha desaparecido.

Huérfanos del bullicio habitual, transportes y calles aparecen vacías. Solo se puede ir a trabajar, a comprar o a hacer una gestión inaplazable. No se ven ancianos, ni tampoco niños.

Pero en la UE el confinamiento no ha hecho más que empezar y, con el paso de los días, la tensión y el estrés irán en aumento. Una situación que ya empiezan a intuir desde el lado opuesto del océano Atlántico.

América comienza a tomar nota

Un presidente en cuarentena, tres países en aislamiento completo, casi todas las fronteras cerradas y miles de estudiantes sin clases: así se enfrenta América a la pandemia que llega ahora a la región.

Las calles se vacían con cuentagotas mientras el continente se prepara para cerrar sus puertas: ya lo hicieron Perú (donde el Gobierno de Martín Vizcarra decretó la cuarentena general) y Venezuela, que este lunes extendió a todo el país la cuarentena parcial que había declarado previamente en siete estados. El viernes, Argentina entró también en aislamiento “preventivo y obligatorio” hasta el 31 de marzo. De puertas hacia afuera, las ciudades siguen funcionando a un ritmo desacelerado, pero se les ha impuesto cuarentena a viajeros procedentes de lugares con altos contagios y en casos excepcionales como en El Salvador, donde el presidente, Nayib Bukele, ordenó el aislamiento obligatorio de mujeres embarazadas y ciudadanos mayores de 60 años desde varios días antes de registrar oficialmente su primer caso, este miércoles.

En Estados Unidos, su presidente, Donald Trump, recomendó evitar las reuniones en las que participen más de 10 personas y restringir al máximo sus viajes, pero descartó, por ahora, declarar una cuarentena general.

Por su parte, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau -único mandatario de la región en cuarentena después de que su esposa diera positivo en una prueba de coronavirus-, ordenó el cierre total de las fronteras y sugirió a los ciudadanos permanecer en casa mientras sea posible.

Los temerarios mandatarios de Brasil y México

Mientras que en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras, Paraguay y Uruguay, los gobiernos ordenaron el cierre total o parcial de sus fronteras, en México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, continuaba hasta hace pocos días sus giras por el país e ignoraba las recomendaciones sanitarias de la OMS repartiendo besos y abrazos entre una multitud de seguidores.

El primer caso de contagio en América Latina se registró en Brasil el 26 de febrero, cuando en el resto del mundo la pandemia ya había matado a casi 3.000 personas.

Sin embargo, el presidente de ese país, Jair Bolsonaro, que ha tenido que someterse dos veces a una prueba de coronavirus porque una decena de miembros de su comitiva ha dado positivo, insiste en que se trata de un caso de “histeria” colectiva.

En tres semanas, una veintena de países de la región han confirmado casos de COVID-19 y los gobiernos han tomado medidas. Aplazar eventos masivos, recomendar la cancelación de clases e impulsar el teletrabajo, cancelar los vuelos provenientes de los focos de la pandemia, aislar preventivamente a viajeros internacionales y prohibir el ingreso de extranjeros a sus territorios.

El aislamiento, un lujo para pocos

Aunque el aislamiento total no parece una decisión fácil de tomar en una región en la que más de 100 millones de personas viven del empleo informal, según la Organización Internacional del Trabajo, la cuarentena será una medida que todos los gobiernos deberán poner en marcha.

“Gran parte de los trabajadores informales depende de la demanda interna que ya se está viendo afectada por los llamados al aislamiento social. Va a ser difícil para los estados cubrir las necesidades de esas personas”, advierte a Efe el internacionalista Mauricio Castrillón Kerrigan.

Mientras tanto, los ciudadanos se amontonan en los supermercados para abastecerse antes de que una orden de cuarentena les sorprenda.

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